Uno de los temas que trae más
confusión a los creyentes es el del sufrimiento. Buda llegó a la conclusión que
la existencia y el sufrimiento eran una y la misma cosa. Muchos creen que se
trata de una afirmación profunda e imponente, aunque su conclusión lógica
resulta deprimente.
Sin embargo, la declaración que hizo el escritor de
Eclesiastés no fue mucho más feliz: “Miré todas las obras que se hacen debajo
del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu” (Eclesiastés
1.14). Job 5.7 ofrece una reflexión similar: “Pero como las chispas se levantan
para volar por el aire, así el hombre nace para la aflicción”. Lea el siguiente
fragmento de una nota dejada por un suicida: “Perdón, no pude cambiar; lo
intenté y me di por vencido”. La experiencia de vivir diariamente infeliz por
dentro y por fuera hace que muchas personas lleguen a la conclusión que la vida
no es otra cosa que un suceso horroroso tras otro. Los que leen las manos,
comienzan diciendo lo mismo a cada persona: “Te ves feliz, pero percibo un
conflicto muy profundo en ti”. Es una buena frase para incluir a todos, ya que
probablemente describa la condición de al menos la mitad de la humanidad en un
día cualquiera.
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un artículo sobre la razón por la cual sufren los cristianos. Según el autor,
sufrimos para que Dios pueda probar nuestra fe, nuestra oposición y resistencia
a su voluntad, nuestra consagración y nuestro conocimiento de su Palabra. Decía
el artículo que Dios nos probará con el desánimo y la frustración, y por
supuesto, probará nuestra paciencia. ¡Pensaba en ese panorama sombrío, y no
veía la hora de apuntarme para estar cerca de Dios y así conocer la infelicidad
total! Si no lograba soportar la prueba, quizá Dios me rechazaría. Las
explicaciones con respecto al sufrimiento del cristiano a menudo rozan lo
absurdo. Sin embargo, es un tema legítimo que genera preguntas legítimas. Las
siguientes son algunas de las cuestiones que me han planteado. “Se enferman los
hijos de dos matrimonios de misioneros. ¿Por qué el hijo de uno de los
matrimonios muere y el hijo del otro vive?” “Mi hermana amaba al Señor pero
murió mientras daba a luz. ¿Por qué Dios no la cuidó?” “Mi esposo estaba en
Vietnam. Él era creyente y yo oraba todas las semanas con mis amigas por su
seguridad. Fui la única en mi círculo de oración que perdió a su esposo. ¿Por
qué?” “Estábamos perdiendo nuestra granja, y cuanto más nos esforzábamos y
buscábamos al Señor, peor se ponían las cosas. Finalmente, perdimos la
propiedad. Dios no estuvo allí con nosotros. ¿Por qué?” “Oramos con nuestra
hija y le enseñamos las cosas de Dios, y sin embargo, quedó embarazada siendo
soltera. ¿De qué sirven la oración y la instrucción?”
Muchos creyentes se sientan en la
iglesia con preguntas similares que aguijonean su mente. Debido a que pocos se
ponen en pie para relatar a la congregación sus frustraciones con Dios, suponen
que son los únicos que se cuestionan cosas. Lo que piensan se ve confirmado por
los testimonios que oyen, como los siguientes ejemplos: “El doctor nos dijo que
nuestro bebé nacería con deformidades. Nos negamos a aceptarlo, porque teníamos
la firme convicción que el Señor era más poderoso que los diagnósticos. Nuestro
bebé nació perfecto”. “No teníamos absolutamente nada; estábamos perdiendo
nuestra granja. ¡Pero confiamos y Dios hizo un milagro! ¡No solo conservamos la
granja, sino que ahora también compramos la granja contigua! ¡Gloria a Dios!”
Después de oír esta clase de testimonios, la congregación aplaude, ¡aun si la
granja contigua fue comprada debido a la pérdida de otra familia de la
congregación! ¿Cuál es la sutil conclusión en estos casos? Que aquellos que
agradan a Dios no sufren, y que los que sufren han hecho algo malo. Esta forma
de pensar es absolutamente incorrecta, pues los Evangelios no enseñan que si
alguien agrada a Dios su hijo no morirá, ni que ningún ser querido fallecerá en
un accidente automovilístico, ni que sus hijos no serán rebeldes, ni que su
matrimonio estará libre de momentos difíciles, ni que nunca carecerá de
recursos económicos. ¿Enseña la Biblia que únicamente los impíos sufren?
¿Qué clase de mundo sería el
nuestro si solo los incrédulos sufrieran? Imagine que usted está viajando en un
avión, cuando la aeronave sufre una falla mecánica. ¿Suspende Dios la ley de la
gravedad, coloca otro aeroplano junto al averiado y avisa por el
intercomunicador: “Por favor, que los justos aborden la otra aeronave”, para
enviar luego a la destrucción el avión que lleva a los pecadores a bordo?
Muchos creen que Dios debería hacer algo como esto, cada vez que la aflicción
se acerca a sus hijos.
¿Cree usted que si hace todo lo
correcto, memoriza la Biblia, testifica, tiene su tiempo devocional diario,
actúa bajo principios bíblicos, se entrega por completo al Señor y permanece en
Él sin altibajos, nunca se enfermará, siempre tendrá dinero, no se producirán
muertes en su familia, no sufrirá accidentes de tránsito y evitará las
calamidades? Si esto es lo que usted cree, entonces está meramente intentando
vivir una vida piadosa para manipular a Dios de modo que Él preserve su
comodidad. Esto revela que su vida está centrada en usted mismo y su bienestar,
no en el Hijo del Hombre sobre una cruz. Los amigos de Job demostraron que se
hallaban bajo este engaño, al realizar afirmaciones como la que encontramos en
Job 22.21: “Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá
bien”. Mateo 27.43 descalifica la falsa enseñanza que los que sufren han
contrariado a Dios o son objeto de su desagrado: “Confió en Dios; líbrele ahora
si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios”. Ellos creían que ser liberado
del sufrimiento probaría que Jesús provenía de Dios. Dios no lo liberó; hizo
algo mejor: ¡Produjo vida a partir del sufrimiento!
La persona que más me aburre es la
que veo en el espejo. Necesito a alguien con quien tener compañerismo y a quien
amar. Fuimos creados a la imagen de Dios. Dios, al ser amor, deseaba que
existiese alguien con quien tener compañerismo y a quien amar. Por esa razón
nos creó. Antes de eso, había creado el mundo, una de las herramientas
evangelísticas más grandes que Él posee, pues el mundo presiona al hombre para
llevarlo a reconocer que no puede vivir independientemente del Señor. La
experiencia de sufrir en el mundo lleva al hombre a buscar a Dios. Un excelente
ejemplo es la experiencia de los discípulos en la barca aquella noche oscura de
tormenta, durante la cual se esforzaban denodadamente, sin poder avanzar.
Cuando Jesús entró en la barca, llegaron inmediatamente a la orilla. Vivir en
el mundo sin Cristo es simplemente esforzarse en la oscuridad sin llegar a
ninguna parte. Una vez que quedamos exhaustos e invitamos a Cristo a entrar,
llegamos a tierra sin esfuerzo. Muchos padres no pueden entender por qué sus
hijos adolescentes no están cada domingo por la mañana esperándolos junto a la
puerta, alborozados y preguntando: “Papá, ¿hoy no es día de iglesia? ¡Que
bueno! ¡No vemos la hora de llegar para estudiar la Biblia!” ¿Por qué, después
de toda la influencia cristiana, la enseñanza y la capacitación impartidas y
recibidas, estos adolescentes no están entusiasmados con Jesús? La razón es que
el mundo todavía no los ha evangelizado, ¡pero ya lo hará! La presión del mundo
les hará ver su necesidad de Cristo a través de la experiencia, y hará aflorar
con poder toda esa enseñanza y capacitación. A menudo me sorprenden los padres
cristianos, pues desean resguardar a sus hijos precisamente de todo lo que a
ellos los condujo a Cristo.
Pedir a Dios que detenga todo sufrimiento que
el mundo nos hace padecer sería pedirle que deje de evangelizar. Al comprender
esto, nuestro próximo pedido al Señor podrá ser que nos quite del mundo. Pero
tampoco nos concederá esta petición, porque en este mundo tenemos compañerismo
con Él, somos amados por Él y estamos conociendo en forma práctica otra de sus
herramientas evangelísticas. En consecuencia, seguimos siendo presionados junto
con el resto de la raza humana, aunque con una gran diferencia: Lo que ahora
nos sucede en el mundo, libera en nosotros la vida de Cristo. Muchos observan a
las personas espirituales y desean ser como ellas. Sin embargo, pocos desean
las experiencias que hacen espiritual a una persona. ¿Cómo podemos saber que la
vida de Cristo en nosotros puede amar a un enemigo, si no lo tenemos? ¿Cómo
conoceremos al Señor como el Dios de la consolación, si no sufrimos la pérdida
de un ser querido? ¿Cómo sabemos que podemos vivir como las aves del campo, si
antes no se nos cierran todas las puertas de provisión financiera? Todo aquello
que generalmente pensamos que es malo, para el creyente que permanece es bueno.
El sufrimiento es el medio para alcanzar un fin glorioso. “Pero vemos que
Jesús, […] está coronado de gloria y honor, a causa de la muerte que sufrió”
(Hebreos 2.9, DHH). Los budistas dicen que la vida equivale al sufrimiento, y
pretenden reducirlo a cero transformándose ellos en un cero. El sufrimiento del
cristiano es lo opuesto: “Y así, aunque nosotros vamos muriendo, ustedes van
cobrando nueva vida” (2 Corintios 4.12, TLA). Una vez que estamos en Cristo hay
un propósito para el sufrimiento, el cual es producir vida. Aunque Job no
disfrutó del sufrimiento en su momento, lo que aprendió personalmente acerca de
Dios lo recompensó con creces. “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo
recibiremos?” (Job 2.10). Estoy feliz de ser cristiano, porque lo peor que el
mundo puede arrojarme solo sirve para liberar dentro de mí más de la vida
victoriosa de Cristo. Por lo tanto, no sufro un ataque de nervios cuando algún
aspecto de la política nacional se sale de control y está fuera de mi alcance;
sencillamente oro por los políticos y predico a Cristo.
Los cristianos tienen el hábito de
convertir dos problemas en uno. Por ejemplo, en cierta oportunidad vino a mi
oficina una mujer que, por más que lo intentara, no podía dejar de llorar. Le
pregunté por qué lloraba y me contestó se debía a que su esposo había fallecido
hacía tres semanas. Ante esta respuesta le dije que regresara a su casa y
siguiera llorando. “No puedo seguir llorando”, respondió. “La Biblia dice que
debo estar gozosa y tener un corazón alegre”. Es cierto que la Biblia enseña
eso, pero llorar cuando muere nuestro cónyuge es algo muy diferente. La mujer
había tomado dos cuestiones que debían tratarse por separado pero en forma
paralela, y las había hecho una sola. El resultado: un gran conflicto
emocional. Tuve que desenredar la maraña. Ella debía llorar y hacer duelo por
su pérdida, aunque también, en medio del dolor y el llanto, hallar dentro de su
espíritu una pequeña chispa de esperanza, expectativa, paz y consuelo. Lo
apropiado era hacer ambas cosas. Cuando diferentes creyentes sufren, la
respuesta de cada uno al sufrimiento también será diferente, de modo que nunca
debemos permitir que otra persona nos diga cómo hacer nuestro duelo. Debemos responder
al sufrimiento, pero al mismo tiempo, muy en lo profundo de nuestra alma y
nuestro espíritu, tener una profunda y gozosa paz y expectativa en Cristo. Son
dos cosas diferentes.
Otro elemento en el sufrimiento del cristiano surge
cuando la aflicción tiene su origen en su propia insensatez. El discípulo tiene
libre albedrío, y en el marco de ese libre albedrío muchas veces toma
decisiones necias. El discipulado terrenal reconocerá esa clase de fallas e
inmediatamente exclamará: “¡Consecuencias!” Pero Dios no se apresura a señalar
las consecuencias, porque su propósito es redimir todo sufrimiento que
experimentamos. “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de
quienes lo aman, a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito”
(Romanos 8.28, DHH).
¿Desea acelerar su crecimiento
cristiano? ¡Existe una manera! No es a través del conocimiento, del seminario,
del esfuerzo, ni de una determinación firme. En realidad, creo que la mayoría
de las personas no descubriría la manera de acelerar su crecimiento aun cuando
tuvieran la oportunidad de vivir la vida varias veces. La clave es ¡DESCANSAR!
Sí, sencillamente descansar. En medio del sufrimiento, la oscuridad, los
cambios emocionales, las relaciones quebradas o los sueños incumplidos, simplemente
descanse en Cristo. La Biblia le llama REPOSO. La carta a los Hebreos fue
dirigida a un grupo de creyentes llenos de problemas. Entre todas las cosas
insensatas que hacían estos creyentes, una se destacaba: ¡Estaban descuidando
el REPOSO! “Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en
su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado” (Hebreos 4.1).
¿Quién lo hubiera pensado? La vida cristiana profunda está hecha para los
débiles. ¿Habrá alguien tan débil que no pueda “reposar”? Escuché un sermón que
una anciana y querida hermana en Cristo predicó en el funeral de su hijo
adulto. El muchacho había causado muchos dolores de cabeza a su madre durante
su vida, pero ella estaba agradecida para con él, porque su conducta la había
llevado a una búsqueda profunda de Cristo. Ella confió en Dios respecto de la
salvación del joven, ¡y descansó! Unas semanas antes de su muerte, él la llamó
porque quería recibir a Cristo.
Cuando queremos jugar a
ser Dios no podemos reposar, porque Dios siempre está obrando. A quienes tienen
temor de caer en la pasividad, ¡Jesús les encomienda llevar a cabo la siguiente
tarea!: “[…] La única obra que Dios quiere es que crean en aquel que él ha
enviado” (Juan 6.29, DHH).
En una oportunidad, estaba predicando fuera de
mi país y observé que una mujer se sentaba siempre en la primera fila y
lloraba. Concurrió todas las noches durante dos semanas, y nunca dejó de
llorar. Al final de las conferencias la invité a pasar a la oficina, donde le
pregunté por qué siempre estaba llorando. Su hija se había suicidado hacía
nueve meses. Le hablé a cerca de mis propias luchas con la tentación de cometer
suicidio y le dije: “Todas las veces que pensé en el suicidio, ¿quién estaba
velando por mí para impedirlo?” Respondió correctamente: “Dios”. Luego le
pregunté: “¿Quién estaba velando por su hija y no la detuvo?” Nuevamente
respondió: “Dios”. Entonces pregunté: “¿Por qué Dios intervino en mi caso y no
en el de su hija? ¿Soy yo acaso más importante que ella a los ojos de Dios?”
Respondí mi propia pregunta diciendo: “No sabemos por qué. Lo que sí sabemos es
que yo no soy más importante que su hija, que la mejor respuesta que podamos
obtener no aliviará nuestro dolor, y que únicamente Dios conoce el porqué”. La
miré a los ojos mientras lloraba y le dije: “Dios estaba velando por su hija, y
sin embargo, durante los últimos nueve meses, usted ha estado ocupando el lugar
de Dios. Se ha sentido perseguida por el fantasma de su hija, pensando: Si tan solo la hubiera llamado, o le hubiera
enviado una carta, o hubiera tomado un avión para visitarla, o hubiera enviado
a mi hermano a su casa… Si tan solo… Usted ha estado ocupando el lugar de
Dios. Es hora de desocupar el trono que le corresponde a Él por legítimo
derecho, y descansar, reposar”. Fue
el primer alivio que pude ver en su rostro en esas dos semanas. Cuando se trata
del sufrimiento, debemos reconocer nuestro desconocimiento. Dios sabe todo, y
la fe exige que descansemos en Él. Para aquellos que creen que el descanso –el
reposo– es pasividad, ¡pruébenlo!
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